Hay voces que nacen con un destino marcado, y la de Juan Carlos Schimizzi es una de ellas. Desde aquel 15 de agosto de 1939 en Villa Diego, Rosario, el tango no fue para él una elección, sino una herencia.
Una llama que se encendió en el seno familiar y que lo llevó, con apenas 15 años y el permiso de su padre, a debutar en la Orquesta La Sureña. Ese fue el primer paso de un camino que lo convertiría en un referente indiscutido de nuestra música ciudadana.
Quienes lo escuchan lo saben: Schimizzi es la antítesis del exceso. Su expresividad es elocuente pero medida; transmite el dramatismo de los versos con una sobriedad que conmueve sin necesidad de sobreactuar.
Para él, cantar es un acto sagrado ligado al espíritu: «Si mi estado de ánimo no es bueno, no canto», confiesa, dejando en claro que el tango es, ante todo, un sentimiento arraigado.
Su historia está jalonada por hitos que marcaron la memoria tanguera. En 1970, su talento traspasó las fronteras regionales al triunfar en la ronda de Grandes Valores del Tango en Bahía Blanca, logrando un destacado tercer puesto en la final nacional en Canal 9.
Años más tarde, en 1982, el legendario Café Tortoni de Buenos Aires fue testigo de su estirpe. Bajo el ala de Nélida Rouchetto, Schimizzi fue elogiado por gigantes de la talla de Leopoldo Federico, Antonio Agri y Aníbal Arias. No era para menos: su voz ya tenía el peso de los grandes.
Desde su triunfo en Cosquín (1987) hasta sus aportes en el ciclo «Tango en la Bahía» (ganador de dos Martín Fierro), Juan Carlos ha sabido dejar su marca en el acetato y en el corazón del público. Versiones memorables como «Vientos del 80» o su interpretación, casi secreta pero magistral, de «Mi viejo White», dan cuenta de un intérprete que entiende el paisaje que canta.
Sin embargo, su mayor legado quizás sea «Mi verdad», el tango que escribió en 1986 y que resume su esencia. Para Schimizzi, el tango es invencible: «Mientras haya un poeta que refleje un sentimiento y un músico que lo plasme, siempre seguirá vigente».
Hoy, su trayectoria cosecha lo que sembró. La distinción recibida en el Festival Nacional de Tango Carlos Di Sarli, de la mano del ciclo Bahía Blanca No Olvida, no es solo un premio a los años transcurridos, sino a la coherencia de un hombre que decidió no vivir del tango, sino vivir para él.
Juan Carlos Schimizzi sigue siendo ese faro de ética y calidad que Bahía Blanca y el país celebran: un cantor que, al entonar las estrofas de «Adiós Nonino», nos recuerda que el tango, cuando es auténtico, no conoce el olvido.



